El agua vale más que el oro: una victoria a medias en San Juan
- Entre Sanjuaneros

- 5 may
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Anoche, en San Juan de la Maguana, no se durmió. No fue una noche cualquiera. Fue una de esas que se sienten en el pecho.

En distintos barrios y comunidades, la gente salió. Hubo música, bocinas, lágrimas, abrazos. Algunos celebraban en las calles, otros desde sus casas, pero todos conectados por la misma sensación: algo importante había pasado. No era una victoria completa, pero sí una señal clara.
El agua, ese recurso que muchas veces se da por sentado, había ganado una batalla.
El agua, lo más básico, lo que de verdad sostiene la vida, le ganó una batalla a la minería.
El agua vale más que el oro: una victoria a medias en San Juan
La decisión anunciada por el presidente Luis Abinader, de detener la actividad minera vinculada al proyecto Romero, no salió de la nada. Fue el resultado de una presión social sostenida, de una comunidad que decidió no quedarse callada.
El propio mandatario citó la Ley 64-00 de Medio Ambiente y Recursos Naturales, recordando que cuando un proyecto de impacto ambiental no cuenta con el respaldo de la población, no es viable seguir adelante. Es una afirmación poderosa… pero también comprometedora.
Porque entonces la pregunta es inevitable: ¿por qué se permitió avanzar tanto antes de llegar a este punto?
El proyecto Romero lleva años en discusión
El proyecto Romero lleva años en discusión, con concesiones que se remontan a 2005, y renovaciones en 2010, 2015 y 2018. Es decir, esto no empezó ayer.
Y aquí es donde el análisis se vuelve incómodo.
En República Dominicana, la minería siempre se ha vendido como desarrollo, como progreso, como oportunidad. Pero la realidad ha sido más compleja.
En este país, la minería siempre se pinta bonita: inversión, empleo, desarrollo… Pero cuando tú miras más de cerca, la historia no es tan limpia.
Casos como Mina Pueblo Viejo han dejado claro que, aunque exista inversión y producción, las comunidades cercanas no siempre ven reflejado ese “progreso” en su calidad de vida.
Persisten denuncias de contaminación, de acceso limitado al agua, de comunidades que siguen siendo pobres aun estando al lado de operaciones millonarias.
Entonces, cuando San Juan celebra, no lo hace desde la ingenuidad.
Celebra con memoria.
Porque también hay algo que no se puede ignorar: República Dominicana es una isla.
El margen de error aquí no es el mismo que en países con grandes extensiones territoriales. El impacto ambiental no se diluye fácilmente. Y lo más importante: ninguna minería —por más moderna o regulada que se presente— garantiza un 100% de seguridad ambiental.
Eso no es discurso, es realidad técnica. Por eso lo de anoche fue tan significativo.
San Juan no celebraba solo una decisión política.
Celebraba haber sido escuchado. Celebraba que, por una vez, la presión ciudadana logró frenar un proceso que parecía inevitable.
Pero también hay que decirlo claro: esto no es el final.
Es, en el mejor de los casos, el inicio de una victoria.

Las palabras del presidente Abinader fueron correctas en forma. Reconocer la voluntad popular y apoyarse en la ley ambiental es lo que se espera de un gobierno responsable.
Pero el fondo deja preguntas abiertas.
Si el criterio es el rechazo social, entonces el Estado debe revisar desde el inicio cómo y por qué se aprueban o se mantienen proyectos de este tipo durante tantos años.
No puede depender únicamente de que la gente salga a la calle.
Además, cuando se habla de concesiones otorgadas y renovadas por años, también se está hablando de una estructura de intereses que no desaparece con un anuncio.
Esto no borra lo otro… los intereses que siempre han estado detrás.
Porque esa es la otra realidad que muchos comentan en voz baja: detrás de estos proyectos siempre han existido intereses económicos y políticos, y no pocas veces, esos beneficios no llegan a las comunidades que más sacrifican.
Anoche San Juan celebró.
Y tenía razones de sobra.
Pero hoy, con la emoción bajando, toca algo más difícil: mantener la vigilancia.
Porque si algo quedó claro es esto: cuando el pueblo presiona, las decisiones cambian. Pero cuando el pueblo se descuida, los proyectos vuelven.
Y esta historia… todavía no termina.
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